El silbatazo final del encuentro entre Raja Casabalanca y Atlético Mineiro en el Mundial de Clubes decretaba la victoria para los primeros y la vuelta a casa para los segundos. Increíble pero cierto.

Los rostros reflejaban alegría de un lado y del otro frustración. De este lado de la pantalla de televisión, aficionados como yo no dábamos crédito que un club desconocido le haya ganado al campeón de la Copa Libertadores.

Las cámaras de televisión buscaban al protagonista principal del partido: Ronaldinho. El brasileño aparecía rodeado y abrazado por varios jugadores del equipo marroquí quienes le pedían a gritos su camiseta y le desabrochaban sus zapatos Nike.

El ex jugador del Barcelona miraba con asombro la escena y, aunque era obvio que pudo haber reflejado tristeza o enojo, su rostro dibujaba una gran sonrisa, el elemento más destacado de su identidad deportiva.

Y es que la sonrisa es a Ronaldinho como la caipirinha es a los brasileños, o los tacos para los mexicanos. Son como los mejores amigos, inseparables, cómplices y compañeros de vida.

Hoy, la carrera de Dinho está en el ocaso. Duele aceptarlo pero es la realidad. Cualquier gesto que tenga durante este tiempo, como el que tuvo hoy en el mundial de clubes, viene a hacer que jugadores como él se extrañen por su gran carisma.

Posiblemente sea difícil volver a ver a Ronaldinho en otro Mundial de clubes, quizá no lo veamos en el próximo mundial, pero espero encontrarlo algún día para decirle: “Hey Dinho, regálame tus zapatos”

 

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